Afuera llueve. Aunque todos dijeron que había sido de vieja, yo sé que fue la tos la que te mató, porque ya en últimas se te salió el alma por la boca. Cuando te encontré, pensé que te habías dormido; estabas desmenguada, vacía por dentro. Te zarandé, pero ya te habías ido. Para mí fue extraño, te confieso: no supe si tu muerte era un alivio o el dolor de no volverte a ver.
Dos meses después, morí yo. Aún no sé si viniste por mí o la tos también me afectó. Lo cierto es que desperté, como quien acaba de nacer, y te encontré en este cuarto. Tocabas las paredes y tratabas de encontrar la puerta, y tu mirada se desplazaba por todos lados sin ubicar lo que quería encontrar. Te creí ciega; dabas la impresión de tener un siglo de muerta. Tuve mis dudas de no confundirte con un ánima que había adoptado tu forma.
Se te hizo difícil reconocerme, hasta que asomaste una mueca que interpreté como de decepción. Dejaste escapar unas palabras. Entendí que te perdiste bajando las escaleras, pero en la casa no hay escaleras, así que asumí que te quedaste dormida y la parca te tomó por sorpresa. Aún estabas convencida de que soñabas. Tu voz había cambiado y salían de ti residuos de aliento.
Afuera arreció la lluvia. Recordé que estábamos muertos, porque las enredaderas empezaron a brotar de tu piel. Tú me dijiste que yo parecía una trinitaria por un entramado de flores rosadas que crecía en mi espalda, aunque siempre supiste que para mí las trinitarias son nidos de ratas.
Era un mayo lluvioso que no cambiaba con los días ni con los meses, sino que permanecía sin tregua.
Fue así como, sin importar las ramificaciones y los moluscos que me crecían, empecé a ayudarte a buscar la salida. “Allá afuera está la vida”, repetías, buscando la llave. El día, la noche o los años pasaban creyendo encontrar un objeto que ni siquiera sabíamos que existía. Afuera llovía. La puerta de madera no daba tregua y, mientras nos gastábamos en encontrar la manera de abrir, las ramificaciones que nos crecían empezaron a entrelazarse entre ellas.
Antes de morir, en las noches sentía tu olor y en la madrugada oía que susurrabas mi nombre. Me despertaba de un tajo. Gritaba y respondía un silencio que me instigaba a correr, no por temor a que aparecieras: para no perder la batalla contra la razón y quedarme en el laberinto de la demencia.
Tal vez fue esa la causa para que al mes vinieras a buscarme. Ahora sé que tú también te sentías atrapada en este cuarto infinito en el que ahora tratamos de encontrar una llave que te dio por buscar, sin detenerte a pensar si valía la pena volver a vivir. Debe ser que te compadeciste de mí, más allá de las espinas que se asomaban de mi alma y que solo tú veías y sabías podar. Seguro me viste traste, perdido dentro del universo que tú controlabas, donde disponías de cada elemento. Seguro te ofuscó verme sin encontrar mis lentes, los libros o mis zapatos. Debe ser que los escondías para que tuviera la necesidad de depender de ti; al menos esa es la excusa que tejí.
Lo cierto es que me pesó el tiempo sin ti y ya no se me hicieron desdichadas las interrupciones constantes cuando me veías con la mirada ida y se te daba por preguntar en qué pensaba, como si yo no tuviera derecho a perderme en mí mismo. Empecé a quererte desde mi acidez estomacal, desde mi inquina a la exacerbación de tus ruidos o gestos.
Tres días después de tu muerte supe que estabas cerca. No era un asunto del luto ni la negativa a la resignación, era el rastro de maní salado que empezó a aparecer y que muchas desavenencias nos produjeron. Comprendí, muy viejo o tal vez muerto, que el amor es una tregua con el odio; ya han dicho que es la costumbre la que se superpone en la vida de dos. Eso lo supe cuando ya no te vi más y pensé que ahora que no estabas sería un alivio, pero me descubrí a mí mismo muerto de amor por tus imperfecciones.
Ahora creamos nuevas formas y costumbres en una habitación infinita, convertidos en plantas, sin encontrar una llave que nos mande a otra dimensión.
Imagen tomada de Pinterest.
cuento fantástico, amor, duelo, reconciliación, vejez, lluvia
